Crónica de un inédito

Horas cruentas es un libro de casi cuatrocientas páginas sobre un libro que nunca llegó a publicarse. Lo peor de todo es que lo he disfrutado.

Diario de lecturas

13 de noviembre de 2020
Tiempo de lectura 6 minutos

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Hoy es viernes 13, celebramos el día de las librerías y coincide también que, tal día como hoy de 2002, el Prestige lanzaba el primer mensaje de alarma: 

PRESTIGE, LATITUD 42º 54’N LONGITUD 09º 54’W. SOS. PELIGRO NO DEFINIDO.

Si alguien quiere la historia completa, sólo tiene que pedírmela.

He terminado de leer Horas cruentas de Casey Cep, publicado en España por Libros del K.O. y promocionado como “La historia del libro inconcluso de Harper Lee”. En realidad, este libro es mucho más que eso. Es, al menos, un ensayo, una crónica, tres biografías y varias píldoras de información sobre aspectos tan dispares como la historia de Alabama, de los seguros, del vudú, del intrincado mundo editorial norteamericano y de una amistad, la de Harper Lee y Truman Capote, entre otras.

Lee publicó su primera novela, Matar a un ruiseñor, en 1960. Fue un éxito inmediato. Lee murió cincuenta y seis años después sin volver a publicar un libro.

Confieso que empecé a leer este libro para saber, precisamente, a qué había dedicado su tiempo Harper Lee después de publicar su famoso y naíf Matar a un ruiseñor. El recuerdo que tengo de esa novela, el único que publicó en vida Lee, es ese: un poco pastel. Sin embargo, el personaje de Lee me atraía bastante más. ¿Por qué, una autora que consiguió tanto éxito con su primera novela, cuya adaptación cinematográfica recibió tres Óscar, no publicó otro libro en cincuenta y seis años? Se hubiera vendido como churros. La vanidad y la codicia son dos temas que me interesan y esta historia tenía que ir de eso. Además, estaba Capote. Capote, el de El arpa de hierba, el de “Un recuerdo navideño” (un relato extraordinario que suelo trabajar en mis talleres), Capote, el autor que estuvo hablando más de veinte años de sus Plegarias atendidas (publicado póstumamente). Era un personaje secundario perfecto para esta historia. Por el contraste con la autora, Harper Lee, <<fumadora empedernida que jugaba al futbol con los niños y dormía con pijama masculino>> que solo protagoniza la tercera parte del libro del que estoy hablando, Horas cruentas de Casey Cep.

Hay otro libro publicado que lleva el nombre de Harper Lee en la portada, pero es sólo una operación de marketing.

Horas cruentas está dividido en tres partes: El reverendo, El abogado y La escritora. La primera parte, como su propio título indica, está dedicada al reverendo Willie Maxwell, predicador baptista y presunto asesino de varias personas —entre ellas su primera esposa, uno de sus hermanos y una hija adoptiva— para, supuestamente, cobrar sus seguros de vida. Desconcertante y, al mismo tiempo, cautivador. Yo quería leer sobre Harper Lee, ¿a qué viene la biografía de un afroamericano de veintiún años, un metro ochenta y ocho, 81 kilos, <<lo bastante alto para ver por encima de casi cualquier hombre y lo bastante enjuto para colarse entre dos. Sus ojos marrones estaban siempre alerta y tenía un rostro apuesto y delgado; sobre los labios se le asentaba un bigote fino como un galón de oficial. Tenía una forma de hablar elegante, casi formal, y el encanto que la mayoría de los jóvenes reservan solo para la novia, él se lo brindaba a todos aquellos con los que se cruzaba, repartiendo tantos saludos corteses como huellas dactilares por donde quiera que fuera>> aderezada con la historia de Alabama, de los seguros y del vudú?, pensé. Vale, este predicador evangelista y asesino iba a ser el protagonista de la novela que Lee nunca llegó a publicar (¿terminó de escribirla?), pero ¿dónde está Lee? Había engullido las primeras ochenta páginas del libro y todavía Cep no la había mencionado. Desconcertado, pero sin moverme de mi sillón de leer, me dispuse a continuar con la historia del abogado Big Tom.

Y en la segunda parte, otras ochenta páginas, lo mismo: ni rastro de la autora de Matar a un ruiseñor. Vale, la trama tiene su interés. Al reverendo de la primera parte lo matan (perdón por el spoiler, pero no creo que estés leyendo esto para saber qué le pasa al reverendo. La verdad, tú, como yo, quieres saber qué fue de Harper Lee, a qué dedicaba su tiempo libre, que debía tener un montón) y lo matan bien muerto: varios disparos en el funeral de la hija adoptiva a la que presuntamente, insisto, él había asesinado para cobrar el seguro. Trescientos testigos. Parece imposible que el asesino se libre de la cárcel, de la pena de muerte. Aquí entra en juego el abogado, Big Tom, que es el mismo que había defendido, con éxito, al Reverendo en todos sus juicios. Vuelve a ganar. Me hace gracia que los juicios se ganen o se pierdan, me recuerda que no tiene nada que ver con la justicia ni con la verdad. Cep había vuelto a hacerlo: yo, lector, había engullido las aspiraciones políticas de un tipo de Alabama que primero era racista y luego dejó de serlo. Al menos, de cara a sus votantes, porque antes de montar uno de los bufetes de abogados más importantes de la región, intentó hacer carrera política. Y no lo consiguió, entre otras cosas, porque sus conciudadanos podían aborrecer y odiar al Ku Klux Klan, pero seguían siendo segregacionistas que es la forma fina que tiene Cep, citando a Lee, de decir racistas.

Esta segunda parte del libro termina así:

<<El presente se deslizaba sin pausa sobre el pasado, y el pasado también se escurría sin pausa hacia abajo, hasta que la verdad acerca de la muerte y la vida del reverendo Willie Maxwell —esquiva incluso mientras acaeció—, corrió la misma suerte que los cimientos de piedra, las iglesias y las tumbas sepultadas a cuarenta y cinco metros de profundidad en una capa de cieno en el fondo del lago Martin. No obstante, antes de que todo ello se borrase por completo, llegó una persona para tratar de rescatarlo>>.

Y esa persona no podía ser otra que Lee. Así que, entonces sí, me dispuse a saborear la tercera parte del libro, ciento cincuenta páginas. Pero antes tenía que hacer una cosa muy importante: comer.

Durante la comida (merluza a la gallega), no pude evitar contarle a Lau los aspectos que más me habían llamado la atención del libro. Qué interesante, dijo. Aunque no se atrevió a preguntarme si se lo recomendaba. Y yo, aunque estaba tan metido en la historia que no podía dejar de pensar en ella, tampoco dije nada. Todavía me faltaban ciento cincuenta páginas, pensé con precaución y, también, cierta dosis de placer.

¿Qué hizo Lee el resto de su vida? Además de ayudar a Truman Capote con la documentación de A sangre fría, quería escribir una historia bastante rocambolesca que sucedió en un pueblo del sur de EE.UU. que bien podía ser en el que ella había crecido.

Después de comer, pero esta vez en la chaise longue de la sala de estar, continué con la lectura de Horas cruentas. Como me esperaba, Cep no pensaba ir directa al grano. A estas alturas estaba tan entregado que se lo agradecí. Tras un capítulo breve sobre la esposa de un senador estadounidense que intenta hacerse con un ejemplar de Matar a un ruiseñor, Cep dedica otro a la infancia, adolescencia y juventud de Lee y el tercero al momento más importante, sin duda, en la vida de Lee: el regalo. Porque si Lee pudo dedicarse a escribir y nada más que a escribir fue gracias al regalo de Navidad que le hizo una pareja de amigos, los Brown, un cheque para que su amiga Harper pudiera dedicar el año siguiente a escribir y no tuviera que preocuparse de pagar las facturas. No, los Brown no eran ricos, ni le hicieron firmar un contrato o le pidieron a Lee que se lo devolviera con intereses. Solo creían en ella. Mecenas.

A partir de aquí comienza la historia del manuscrito que se acabó convirtiendo en Matar a un ruiseñor. Sólo dos apuntes: uno, la inocente e inexperta Lee termina un primer borrador de una novela, otra, titulada Go set a Watchman en solo dos meses. No, no es casualidad que este título (traducido Ven y pon un centinela) coincida con el que te han intentado vender, en España, en 2017. Ni se te ocurra comprarlo. Dos, gracias a un amigo, Lee consigue que la represente el agente literario Maurice Crain, que a su vez consigue que le haga caso una editora, Tay Hohoff. Dos años de correcciones y más correcciones después, crisis familiares mediante, y con sólo un adelanto de mil dólares, ese manuscrito llegará a las librerías con el título de Matar a un ruiseñor. Su autora, en ese momento, ya era millonaria. Si quieres saber más detalles, tendrás que leer, por lo menos, este capítulo del libro.

Lee escribió el primer borrador de su primera novela gracias a una pareja de amigos, los Brown, que le dieron un cheque para que no tuviera que preocuparse de las facturas y se centrará en escribir.

Horas cruentas narra, además, como Lee ayudó a su amigo Capote con la documentación y entrevistas de su monumental A sangre fría, que se publicó diez años después de haber sido escrita; lo enfadada que llegó a estar Lee con Hacienda y, por supuesto, todo el proceso de documentación, viajes, entrevistas, lecturas, que realizó para el que iba a ser su segundo libro: El reverendo. ¿Ficción, no ficción? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabrás si lees Horas cruentas de Casey Cep es la historia de una mujer marcada por su infancia en el sur de los EE.UU., alcohólica, perfeccionista y que <<[e]n 1958, al año siguiente de que, en palabras de la propia Lee, Michael y Joy Brown “me hubieran hipotecado”, les escribió una carta, en la que insistía en devolverles hasta el último dólar de su regalo navideño más intereses, subrayando cómo creía que serían los quince años siguientes de su vida de escritora:

  1. novela racial
  2. novela victoriana
  3. lo que el señor Graham Greene llama “un pasatiempo”
  4. pienso despellejar Monroeville (1958 Monroeville)
  5. una novela de las Naciones Unidas
  6. India, 1910

Inaudito: el éxito de la primera de estas novelas impidió que las siguientes se llevaran a cabo. Capote, su amigo de la infancia —al que siempre guardó lealtad—, utilizó la siguiente cita para abrir su libro póstumo: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”. Según Cep, Lee también conocía la frase.

Para terminar, tres reflexiones: la primera, se puede escribir un libro sobre un libro que no llego a escribirse sin llegar a hablar siquiera con el autor que nunca llegó a escribir el libro. Segunda, ¿con quién hay que hablar para que te encarguen un libro así? Un libro con treinta páginas de notas y diez de bibliografía, escrito (y traducido) con un lenguaje directo y actual. Tercera, se escriben muchas reseñas por encargo. Para quedar bien y que la editorial te siga enviando libros. Tú publicas fotos bonitas (no importa en la red social donde publiques, la foto tiene que ser bonita) y mucha gente le da al megusta sin ni siquiera leer la primera linea. Megusta extra si, medio escondido detrás del libro en cuestión, se intuye el rostro del autor o de la autora. Te sales de megusta si te curras una composición. No importa si tiene que ver con el libro. ¡Queremos fotos bonitas! No estoy en contra de las fotos bonitas, pero he necesitado casi dos mil palabras para explicarte por qué deberías leer (que no comprar) este libro. Varias veces pensé en acortarlo, si no lo hice fue porque creo que todavía hay personas que creen en el poder de la palabra. Si eres uno de nosotros, sonríe.

Te gustará este libro si eres aficionado a las series documentales porque es mucho mejor que la mayoría de ellas.

No te gustará este libro si crees que los libros son de usar y tirar.

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Pedro Ramos
Escritor

He publicado 6 novelas y llevo 15 años impartiendo talleres de escritura y lectura. Mi pasión es hablar de libros, de los propios y ajenos. Me gusta compartir mis lecturas con un lenguaje directo y sincero.

Actualmente resido en Benajarafe, un pequeño pueblo de la costa malagueña donde leo, escribo y cuido de mi jardín.

Publicado por Pedro Ramos

Escritor y profesor de escritura. Más en www.lau2.org