La búsqueda del tiempo perdido

Virtudes (y misterios) es el retrato de una familia, un homenaje que el autor rinde a su estirpe y no un ajuste de cuentas. Algo poco habitual en la literatura. Y en la vida.

Reseña

23 de octubre de 2020
Tiempo de lectura 4 minutos

Virtudes (y misterios) es una novela autobiográfica donde el autor, Xesús Fraga, prefiere mantener el foco en su ascendencia. Narra así su historia familiar, la historia de sus abuelos, de sus padres y aunque él aparezca, como niño feliz, como adolescente rebelde, como adulto satisfecho, los protagonistas de esta historia son la abuela Virtudes, el abuelo Marcelino, la madre, Isabel, y el padre, Antonio. <<El hecho de crecer implica, entre otras cosas, cuestionarse esa narración que, a modo de mito fundacional, todas las familias le transmiten a la siguiente generación para situarlos en el mundo. Poco a poco, el desgaste le va limando el brillo y aparecen las primeras grietas que cuartean la pintura y ensanchan los huecos hasta desprenderse para revelar esa otra estampa que ocultaba, como los arrepentimientos que un artista tapó bajo más capas de óleo>>. Una saga familiar auténtica que nos habla de hambre, emigración, pero también de abnegación, esfuerzo, sacrificio y bondad en escenarios tan distintos como Betanzos, Londres, A Coruña y, de nuevo, Betanzos. Un viaje de ida y vuelta.

Virtudes (y misterios) es una saga familiar auténtica donde la emigración muestra su mejor y peor cara. Sus consecuencias.

El personaje más importante de la novela, inolvidable, es la abuela Virtudes. Su peripecia vital, narrada con la prosa sencilla y sin alardes de Fraga, alcanza categoría de epopeya. Nacida en una familia de labradores gallegos, tras un matrimonio fugaz, se ve obligada a emigrar a Londres para mantener a sus tres hijas. Del marido no se sabe nada, emigrado a Venezuela también para probar suerte. Y allí, en Londres, en una habitación de doce metros cuadrados, Virtudes se transforma en Betty. Betty limpia casas, realiza los trabajos que los ingleses no quieren, para ganar las libras que permitirán a su familia salir adelante. Porque la vida sigue. E Isabel, su primogénita, la madre del autor, se enamora. Y se casa. Y tendrá un hijo. Y este niño, el autor, pasará los veranos de su infancia en Londres, en esa misma habitación, aunque para ello su abuela tenga que dormir en el suelo. Una abuela que logra transmitir una <<impresión de majestuosa austeridad […]. Aquel vestuario era la expresión atenuada de la norma máxima que la guiaba: todo para los demás, nada para mí. Un desprendimiento que con los años había perfeccionado hasta conseguir olvidarse de sí misma, como si en ella viviese aún la misma pobreza de posguerra que tanto se había esforzado en ahuyentar para los suyos>>.

Fraga indaga, en este relato legendario que incluye “creación y origen, estirpe y pertenencia”, en la figura de cada uno de los personajes. Así descubrimos que la madre, Isabel, tiene una <<fe inquebrantable en la formación como motor de progreso individual y social, pero también como una inversión en el futuro a medio plazo>>. El padre, en general toda la rama paterna, es más silencioso, reservado. <<Los fines de semana me convertí en su peón>>. Ya han regresado a Betanzos, el padre ha comprado, <<en una decisión precipitada>> un monte en pendiente, río Mandeo arriba. Allí, confiesa el autor, <<aprendí a armar las tablas para encofrar los pilares o los muros de contención, para luego quitarlos y enderezar las puntas con un martillo; aprendí las cantidades y la mezcla de masa en la hormigonera, que después tenía que lavar hasta dejarla limpia. Su magisterio se extendió también a lo agrícola: aprendí a distinguir los cultivos por tallos o flores, igual que los árboles que nos rodeaban por sus hojas, cortezas u olores; aprendí a colocar los grillos de las patatas en el surco a la distancia idónea y a esparcir el Nitramón; aprendí lo que era una espara —camino estrecho de tierra prensada entre un huerto y otro— y que cuando uno lleva una hoz en la mano la punta siempre debe ir mirando hacia abajo para evitar un accidente si tropezaba y caía. Aprendí, como no, a estallar dedaleras, a hacer silbar un pífano, como le llamaba mi padre, con un cáliz seco tras limarle la estrella de picos y las semillas, a chuparle la miel a los chupamieles, a recoger fresas silvestres. Aprendí también, para matar el tiempo cuando hacía malo y llovía, al calor de la cocina de hierro que había traído de una casa vieja que había reformado, a jugar a la escoba, partidas que transcurrían en silencio, excepto el ritual hablado de la mano final: “últimas”>> escribe Fraga en uno de los momentos más entrañables de esta novela y que sirve como muestra de la bonhomía que transmite.

Fraga pertenece a ese tipo de narradores que utilizan la palabra exacta con sencillez, sin alardes. Una prosa que huye del adorno superfluo, la filigrana, para sumergirnos en la historia que nos quiere contar.

Esta novela, además, muestra la cara y la cruz de la migración en el seno de una misma familia. El abuelo, la abuela, los padres, incluso el propio autor se ven obligados a abandonar su lugar de origen. En épocas distintas y con resultados tan distintos como los personajes que protagonizan esta novela autobiográfica, coral que nos muestra hasta donde puede llegar el sacrificio y la generosidad de algunas personas, la abuela Virtudes, y el miedo a no haber cumplido las expectativas, el abuelo Marcelino. Sin dramas. El emigrante deja de pertenecer al lugar que abandona. El regreso, si existe, le enfrenta a la realidad: ese lugar y las personas que lo habitaron solo existen en la memoria. La morriña no es exclusiva de la tierra natal sino de donde uno fue feliz. Y todo esto con un único objetivo (habrá a quién no le parezca suficiente): que esta historia la conozcan Daniel y Leda, los hijos del autor, y los lectores que todavía creemos en la dicha del trabajo bien ejecutado (y no su recompensa), aquellos que disfrutamos del aprendizaje (y no de la ostentación de los conocimientos adquiridos), en definitiva, los que todavía buscamos refugio en la sabiduría silenciosa de las palabras.

Este libro te encantará si eres aficionado a las historias donde aparecen personas reales.

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Pedro Ramos
Escritor

He publicado 6 novelas y llevo 15 años impartiendo talleres de escritura y lectura. Mi pasión es hablar de libros, de los propios y ajenos. Me gusta compartir mis lecturas con un lenguaje directo y sincero.

Actualmente resido en Benajarafe, un pequeño pueblo de la costa malagueña donde leo, escribo y cuido de mi jardín.

Publicado por Pedro Ramos

Escritor y profesor de escritura. Más en www.lau2.org