Una chica es una cosa a medio hacer

La novela Una chica es una cosa a medio hacer de Eimear McBride narra la infancia y juventud de una mujer de la que no llegamos a conocer su nombre. “¿Y tú qué, cerdita Peggy? Ven aquí y cuéntame. Sí que lo eres. Vaya si te pareces. No seas impertinente. Eres su viva imagen. Con ese hocico que gastas. Vamos a ver. Ya lo tengo. Pídemelo por favor y te lo devuelvo. No le pegues a tu abuelo. Toma. Ten. Niñata descarada. Si fueses mía te llevarías unos azotes, pero es que mis hijas se comportaban. Desde luego nunca le dieron un manotazo a su abuelo en la pierna mala. Porque lo habrían hecho llorar. Ahora se lo tendré que contar a tu madre y te zurrará en el culo”. 

El padre, huido, desaparecido desde la página catorce; la madre, egoísta, se refugia en la religión; el hermano, discapacitado, ha sobrevivido a un tumor cerebral. “Hay una noticia buena y otra mala. Ha encogido. Se ha salvado. No. Nunca estará. Le guste o la asuste esto es poco más que un respiro. En su sangre en ese instante Jesús. Alegraos en el sagrado corazón de Cristo. Pero no nos vamos a librar de eso, ¿me comprende?, le dice. Chitón dice ella chitón”. En este ambiente, “espacios vacíos donde debería haber padres” crece la niña, empieza a ir al colegio, luego al instituto, hace amigas. Nos lo cuenta ella misma con esa voz que es como un muro. Una voz sin comas, con puntos y seguido que cortan la frase para coger aire, llegar al próximo pensamiento, arrumbar el significado. “Alguien dijo que tu familia está fatal. Tarados arribistas resucitados en la fe o algo peor. ¿Y de mí? Venga. Mejor que también mejor que lo sepa. Estaba orgullosa de ser valiente. Pensaba que era lo que tenía que ser y preguntar aquello era demostrarlo. Tú dijiste bueno pues creen que eres rara y muy pagada de ti misma. Siempre llevas ese abrigo largo y nunca hablas con el resto de peña”. Entonces la protagonista descubre que el sexo es poder y cree encontrar en él la liberación, el alivio, hasta que se convierte en su única forma de sentir. El tabú del sexo. La enfermedad, la muerte. Y una madre que no quiere ver lo que sucede con su hija. “Eres asquerosa. Lo eres. Estás fatal de la cabeza”. Su voz, como un muro que se levanta ante nosotros, el lenguaje, y nos impide conocer lo que sucede en esta familia, la familia, el espacio propicio para los mejores dramas. “Eres una vergüenza. Sí, mamá. Y es verdad pero. Me he ido ido ido”. Carne y hueso.

Lo que no se nombra, no existe.

Esta reseña apareció publicada originalmente en La Opinión de Málaga el domingo 4 de octubre de 2020. Puedes leerla aquí.

Feliz lectura,
Pedro Ramos

Una novela cruda, directa, incómoda y descarnada que nos enfrenta a la mayoría de nuestros tabús: la enfermedad, el sexo y la muerte.

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Publicado por Pedro Ramos

Escritor y profesor de escritura. Más en www.lau2.org

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