Bienvenida a casa

Artefacto

2 de octubre de 2020
Tiempo de lectura 6 minutos

Compré Bienvenida a casa de Lucia Berlin en la librería La industrial de Zafra. Nos gastamos más dinero en libros que lo que nos había costado la habitación del hotel. Lau y yo creíamos que aquel día, el último de nuestras vacaciones, significaba el regreso a nuestra normalidad.

“[L]o último que me dio a leer fue un borrador de Bienvenida a casa, una sucesión de recuerdos de los lugares donde se había sentido en casa. En principio quería que fueran simples apuntes de los lugares en sí mismos, sin personajes ni diálogo. Eran las historias de infancia que habíamos oído de pequeños, pero ahora en orden cronológico y ya no enmascaradas como ficción. Por desgracia, se agotó el tiempo y la última versión del manuscrito data de 1965, con la frase final inacabada” escribe Jeff Berlin, hijo de la autora, en forma de prólogo. “Durante su vida, Lucia escribió cientos, si no miles, de cartas. Se incluyen aquí algunas de nuestras favoritas que abarcan el mismo marco temporal de Bienvenida a casa. La mayoría son cartas a sus buenos amigos Ed Dorn y Helene Dorn entre 1959 y 1965. Fue una época de drama, crecimiento y agitación, y las cartas ofrecen una mirada fascinante de la mente de una madre joven y aspirante a escritora en pleno descubrimiento de sí misma”. Hay mucho dolor entre líneas. Las palabras de su hijo nos preparan para el testimonio de una madre alcohólica, asustada, tres matrimonios fallidos, y sus esfuerzos por mantener a cuatro hijos. Trabajó como enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura.

El dolor como fuente literaria. La depresión como inspiración. ¿Se puede escribir feliz?, ¿para celebrar la vida? ¿Se puede hacer buena literatura con buenos sentimientos? “…pues sí, maldita sea, cuando mi condenado corazón rebosaba alegría, cuando podía escribir sobre todos esos personajes y sentir cariño de verdad por ellos y preocuparme por lo que iban a hacer en el siguiente párrafo o de que tal o cual cosa les parecería divertida o hermosa. Ahora cuando intento seguir adelante, no puedo. He estado mirándome a mí misma demasiado tiempo. Así que miro alrededor, intentándolo, y como te decía, es muy difícil hacerlo mirando a los ojos”. A Berlin, el éxito en forma de reconocimiento, y dinero, le llegará en 1960, cuando tenga 24 años, dos hijos, mientras vive en Nueva York con el músico Race Newton, antes de abandonarle por Buddy Berlin. “Pensábamos entonces que nuestro amor nos protegería de la heroína, que empezábamos una nueva vida”. Pero volvamos a Berlin y su inseguridad. <<Soy escritora>> —escribe a los Dorn unos días después, antes, desde Nueva York—. Qué avergonzada estoy. Me olvidé de que había que escribir. Más aún: es como si después de tanto haber insistido en que soy escritora, aunque casi disculpándome, ahora me tomaran la palabra […]. Oh, ¿puedes llegar a imaginar qué maravilloso y aterrador es para mí? Nunca he tenido la fe para escribir como una artista, la que debe tener un escritor, para escribir sin más, porque creía que sería en vano. Ahora que alguien más ha dicho: de acuerdo, eres escritora, debo empezar por el principio con la FE. Tengo que empezar […]. Mira, he gastado ocho páginas, y bastaría con que hubiera dicho que la prueba y la alabanza, que pensé que era lo único que necesitaba, no funcionan. Sigo sin sentirme orgullosa y aún no he llegado a ser humilde. Esas son las cosas que quiero, las que hay que tener”.

En La última copa, Daniel Schreiber escribió “generaciones enteras de escritores han bebido alcohol porque creyeron necesario contrarrestar con algo su exacerbada sensibilidad para con este mundo, escritores convencidos de que no había otro modo de soportar la intensidad con la que conducían sus vidas. Legiones de autores, artistas e intelectuales se aferran todavía a ese mito y se pasan la vida de fiesta en fiesta […]. Un bebedor es un bebedor es un bebedor. Max Frisch, Marguerite Duras, William Faulkner, Ernest Hemingway, Venedikt Eroféiev, Raymond Carver, Françoise Sagan, F. Scott Fitzgerald, Truman Capote, Dorothy Parker, Richard Yates, Charles Baudelaire o Ingeborg Bachman no bebían porque eso fomentase enormemente su creatividad ni porque estuvieran alienados con el mundo o se condujeran según unos códigos morales distintos que los del resto de la humanidad. Bebían porque estaban enfermos, porque sus cerebros estaban programados para beber. Escribían gran literatura no porque fueran adictos, sino, probablemente, a pesar de serlo”.

A pesar de ello.

Sus cerebros estaban programados.

No escribieron lo que escribieron por ser alcohólicos sino a pesar de.

Bienvenida a casa incluye historias, cartas y fotografías de los primeros 29 años de la vida de Berlin. Este periodo de su vida responde al estereotipo de escritora maldita, a esa idea romántica que muchos lectores tienen (teníamos) sobre la relación entre creación y alcohol, sobre una vida precaria y el éxito literario. Berlín dejó de beber alcohol, al alcoholismo nunca se le gana la partida, y siguió escribiendo hasta su fallecimiento en el año 2004. Tenía 68 años, había publicado 76 cuentos.

La palabra alcohólico, con o sin escritor, no tiene ningún romanticismo. 

Mi padre lo fue.

Murió, solo, en nuestro piso de Entrevías un dos de octubre. Hace veinticuatro años. Yo, entonces, tenía veintitrés. Y ya había vivido en cinco pisos distintos. Trabajaba y estudiaba desde los quince, había descubierto que no existe eso que llaman familia, que cada uno se construye la suya. Aunque, como casi siempre, tardé un tiempo en darme cuenta de que lo sabía. ¿Lo estoy haciendo ahora?

“Varias veces mi madre vomitó y le sostuve la cabeza, contando las traviesas. Se pasó la mayor parte del viaje leyendo en el cuarto de baño, donde había un sofá y sillas. Fumaba, daba de comer a mi hermana y bebía whisky con otra mujer hasta que tuvieron una discusión de miedo. El revisor hizo a la mujer apearse en Utah. Más tarde esa noche, el mozo entró en el cuarto de baño. Yo tenía a Molly en brazos; mi madre se había dormido. El hombre dijo que mi litera estaba preparada: <<Ve a la cama, no molestes a nadie>>”. Berlin, como en sus mejores textos, deja que sea el lector quien complete la historia.

Pedro Ramos
Escritor

He publicado 6 novelas y llevo 15 años impartiendo talleres de escritura y lectura. Mi pasión es hablar de libros, de los propios y ajenos. Me gusta compartir mis lecturas con un lenguaje directo y sincero.

Actualmente resido en Benajarafe, un pequeño pueblo de la costa malagueña donde leo, escribo y cuido de mi jardín.

Te gustará este libro si eres seguidora de Lucia Berlin o disfrutas con los detalles de la biografía de las autoras.

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Artefacto número 20. Los artefactos son textos literarios donde mezclo lecturas y autobiografía. Tienen una periodicidad semanal. Si quieres recibir el próximo por correo electrónico, suscríbete a mi lista.

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Publicado por Pedro Ramos

Escritor y profesor de escritura. Más en www.lau2.org