Bolaño

Roberto Bolaño es un autor que, en poco tiempo, se ha convertido en un clásico contemporáneo.

Quizá su fallecimiento a los 50 años, quizá ese aire de poeta maldito. Quizá una obra que deslumbra por su frescura, su riesgo y claridad de ideas. Por supuesto, su romanticismo. Ese halo romántico que tienen sus historias y esa voz de poeta que encontró su éxito en la novela.

Aquí tienes los cinco títulos que te recomiendo de él. Están ordenados según me hubiese gustado a mí leerlos.

Felices lecturas,
Pedro Ramos

Todos los cuentos de Bolaño en un solo volumen. Una maravilla. A diferencia de otros autores, la voz de Bolaño en sus cuentos es siempre la misma, una especie de alter ego, que a veces toma el nombre de Arturo Belano. ¿Será él mismo quien te narra la historia? Pura ficción.

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Bolaño era poeta. Empezó escribiendo poesía. Aquí tienes una de sus primeras novelas. Corta, intensa. Escrita como un largo monólogo, una confesión. Que yo recuerde, no tiene ningún punto y aparte. “Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía”. Así empieza. Perfecta para iniciarnos en el Bolaño novelista.

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¿Escribía Bolaño versos a escondidas? Quizá eso explicaría que el protagonista de esta novela corta sea, de nuevo, un poeta, que participe en talleres de escritura. Dosis de intriga, Chile y Arturo Belano. ¿Estaba Bolaño ensayando para su obra maestra? Sea como sea, consiguió un libro imprescindible en tu biblioteca.

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Si sólo tienes presupuesto para un libro de Bolaño, este es. No te lo puedes perder. Si tienes un mínimo de curiosidad por conocer una de las mejores novelas que se han escrito en el siglo XX, aquí la tienes. Una novela fragmentaria donde todo termina por encajar, un ejercicio de virtuosismo donde un Bolaño, todavía no consagrado, se la juega. Y gana.

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Seguro que ya has oído hablar de este título. Por eso lo incluyo. El último. Una novela que Bolaño dejó inconclusa, que Bolaño quería publicar en varios volúmenes y que el mercado se ha encargado de consagrar. Yo, todavía, no la he leído. Si lo haces (o lo has hecho), no dejes de contarme.

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Este último libro incluye un documental. Es una recopilación de ensayos que me han servido para conocer, en profundidad, el universo Bolaño. Muchos de los detalles que cuento en mis talleres los he leído aquí.

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Tanto me gusta Bolaño que incluí un fragmento suyo en mi novela Todo es mentira.

Aquí tienes un par de páginas de Los detectives salvajes.

Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie.

Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos!

Los detectives salvajes de Roberto Bolaño

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Publicado por Pedro Ramos

Escritor y profesor de escritura. Más en www.lau2.org

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