Ejercicio de motivación

Como vimos en el post anterior la motivación es personal e intransferible. Por eso es tan importante que sepas qué te empuja a escribir. Aunque hay un matiz importante. Fíjate que la mayoría de los escritores terminaban hablando de “para qué” en lugar de “por qué”.  Para entenderlo mejor, vamos con un ejercicio. Como si estuviéramos en un taller presencial, primero leeremos y luego escribiremos, ¿te atreves?

La lectura de hoy es “¿Por qué escribo?” de Félix Romeo (1968-2011). Félix, traductor y crítico zaragozano, reflexiona en este texto sobre sus inicios en la escritura y los motivos que le llevaron a dedicarse a ella. Como verás es un texto con mucho ritmo. Lee el texto una vez para entenderlo, una segunda para ver cómo está construido y, a la tercera, prueba a leerlo en voz alta, respeta la puntuación, juega con ella. Disfrútalo, siéntelo.

Escribo porque soy diferente.

Escribo para ser diferente.

Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. No conocía a ningún escritor. Nunca había hablado con un escritor. Había leído a Rimbaud. Había leído una biografía de Rimbaud. Había leído los manifiestos dadaístas y El hombre aproximativo de Tristan Tzara. Siempre había leído. Había leído los libros de Enid Blyton. Había leído los siete secretos y los cinco. Había leído otros libros que no eran de Enid Blyton pero lo parecían, como los de los tres investigadores.

Y, antes de que supiera leer, mi madre me leía cuentos y me contaba historias que yo entendía a medias: historias de su pueblo, Castejón de Tornos, Teruel, junto a la Laguna de Gallocanta, que para mí estaba tan lejano como Tokio; historias de estraperlos; historias sobre la obstinación de los burros, sobre todo cuando hacía un frío del demonio y al parecer lo hacía siempre; de los maquis y sus razias; historias del azafrán y la dificultad de conseguirlo; historias de los carnavales secretos de la posguerra, con ensabanados y rondas; de las cartas de amor que le enviaba mi padre... personajes abandonados en mitad de la nada que trataban de escapar no se sabe de dónde ni cómo. Unas historias que luego leí en Agota Kristof.

Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.

Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. Thomas Mann escribió un ensayo en el que hablaba de la gran cantidad que hay de escritores huérfanos de padre. El padre de Truman Capote desapareció y el padre de Alejandro Gándara se fue sin dejar rastro y el padre de… Mi padre era huérfano de padre, huérfano desde los dos años, pero a él se le pasó la vez y el que se hizo escritor fui yo. Huérfano heredero. Aunque mi padre escribía a máquina todo el tiempo: su Olivetti gigante con forma de ballena. Mi padre escribía informes sobre sus servicios de policía y sobre el tráfico y sobre las incidencias del trabajo. Tenía unas hojas de calco y guardaba copia de todo lo que escribía.

Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente... una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. Quizá pensaba que yo no conseguiría escribir a máquina, pero pasé el verano de mis trece años sacrificando la piscina y aprendiendo a escribir a máquina en una academia con un calor sofocante: asdf ñlkj etcétera. Así rendí a mi padre y le quité su bien más preciado. Truman Capote escribió algo sobre la mecanografía y la literatura, y es posible que, pese a su afirmación, se trate de ramas de la misma actividad. Durante un tiempo tuve que usar la máquina siempre en la mesa del comedor, bajo vigilancia, y guardarla siempre en su maleta. Mi madre cosía en su máquina de coser y yo escribía en mi máquina de escribir. Unos meses más tarde llevé la Olivetti ballena a la mesa de estudio de mi cuarto.

Tenía catorce años y escribía poseído. Escribía todo el tiempo. Nunca he vuelto a escribir de esa manera y cuando escribo deseo poder volver a escribir así alguna vez. Febril. Enfermo. Escribía poemas. Escribía minúsculas vidas imaginarias. Escribía obras de teatro. Era diferente y quería ser un escritor diferente. Leía a Beckett, y mis obras de teatro querían parecerse a Esperando a Godot. Leía a Jack Kerouac. Leía a Henry Miller, al que había llegado siguiendo a Rimbaud, un camino excéntrico. Leía a Joyce, pero las piezas más raras, Poemas manzanas. Leía solo. Escribía solo. Entonces yo era el único escritor. Rey soberano.

Aunque quizá leía más solo que escribía solo, porque entonces publiqué mis primeros poemas en una revista. No guardo ni un ejemplar. Me avergonzaba esa revista, sabía que estaba mal hecha, que era cutre... y aunque sabía que la revista estaba mal hecha y que era cutre, me sentía feliz porque publicando en esa revista que me avergonzaba me convertía en escritor. Nadie lo sabía, pero yo había cruzado una línea y ya no podía volver atrás. Recuerdo el nombre de la revista.

Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz. Escribo para pedir perdón. Escribo para no pedir perdón. Escribo porque cuando escribo no vivo. Escribo para vivir más tiempo. Escribo porque me lo piden. Escribo porque no me reconozco en las fotografías. Escribo porque quiero dar mi versión de la historia. Escribo porque en mi escritura sólo mando yo. Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque no sé conducir. Escribo porque soy vanidoso. Escribo para perder el sentido. Escribo porque busco el sentido. Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. Febril y fabril. Escribo por insatisfacción. Escribo por venganza. Escribo por remordimiento. Escribo para confesar mis pecados. Escribo para esconder mi vergüenza. Escribo para reírme. Escribo porque me da miedo el fuego.

Escribo porque tengo algunas historias viejas que contar. Las que me llenan la cabeza ahora sucedieron todas antes de que cumpliera veintiocho años: la de un asesino que mató a su mujer y con el que compartí celda en 1995 en la cárcel de Torrero de Zaragoza, que ya ha desaparecido, demolida por la piqueta; la de una loca, prima de mi padre, a la que visitamos en un manicomio de Valencia en el verano de 1975; la de unos curanderos de Petrel, Paco y Lola, que visitamos cuando mi abuela Rosario había sido desahuciada por los médicos.

Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.

fhqhkwoPuedes encontrar este texto en el libro, del mismo título, publicado por Xórdica Editorial en 2013. Te recomiendo que leas a Félix Romeo. No es muy conocido, pero como habrás visto tiene mucha fuerza y una voz singular.

Después de la lectura (¿lo leíste tres veces?), vamos con la escritura: escribe un texto, como máximo de 15 líneas, sobre tu motivación o motivaciones. Elige el estilo que más te guste, sé creativo, todo lo que puedas, pero recuerda que los demás también tenemos que entenderlo y, si eres capaz, emociónanos. Como mínimo, como hizo Félix.

Tiempo máximo para el primer borrador: 10 minutos.
Pasado este tiempo es el momento del rotulador rojo: imprímelo y reescríbelo. Elimina en lugar de añadir, pero el texto no puede ser inferior a las 10 líneas.
Reescritura (mínimo 1 vez): 5 minutos.
Te recomiendo que lo imprimas porque, al menos para mí, corregir en pantalla es menos eficaz que en papel.

Cuando creas que lo tienes, compártelo con nosotros.

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9 comentarios sobre “Ejercicio de motivación

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  1. Vas a ver lo que me cuesta recortar…jaja
    MOTIVATION UNKNOWN
    Apuro el segundo café y las teclas llaman mi atención, tirando despacito de mi manga. Todo empezó con el acceso denegado a la biblioteca del colegio. Después, una gota de lluvia de recorrido inusual, me regaló aquél walkman y el respeto de mis compañeros. Ajena al mundo, como aquella Celia de Elena Fortún, empecé a mancharme de barro y a viajar en el tiempo desde muy joven. Aquél billete a la libertad, creaba adicción. Sonreía bien peinada, mientras mi odiosa tía sin saberlo, era prisionera en un barco en alta mar.Hubo momentos de cuadernos olvidados ,de despedidas…y con ellos,Celia y sus pájaros, fueron enviados al exilio,hasta que llegó él.Era un Febrero distinto, con ansias de primavera,cuando apareció aquél modesto apartamento en la red.Era ideal para mi mesa de mezclas y el licor de angostura. De nuevo, magia y efectos especiales. Inspiraba un post, espiraba relato;y además, los habitantes de otras casas venían a visitarme.Lo cierto, es que recuperé la esperanza en el ser humano.
    La tinta trae lo que falta y vomita los excedentes.Devuelve el orden olvidado de las palabras. Escribir es como el rabo de mi animal primitivo, la raíz del árbol centenario…y es inherente a vivir.

    1. Sí que te cuesta, sí. Pero se nota que este texto está más trabajado que los anteriores. Ole. Hay mucha evocación y sentimiento. Me encanta. Ten cuidado con los espacios después de los signos de puntuación y busca un hilo argumental para que podamos acompañarte todo el camino. Enhorabuena, Lorena!

  2. Ya no escribo.
    Porque no tengo tiempo. Porque no tengo ganas, o porque tengo
    más que nunca pero sé que si empiezo ya no voy a parar. Y tendré que hacerlo, tendré que seguir hasta el fin, exponiéndome, enseñándolo, arriesgándome a que lo vean, a que me vean sin que me importe, sin que me afecte, sin que esta vez haya un freno. Dejándome llevar de nuevo de manera incesante por aquel frenesí que me hacía pararlo todo, para escribir cualquier cosa, que era realmente yo.

  3. Escribo porque me gusta. Escribo porque me llena. Escribo porque me relaja, me estresa y me hace sentir. Escribo para vivir las vidas de otros. Escribo para comprenderme y comprender el mundo.

    Escribo porque en la escritura está mi memoria, mi historia, mi vida y tambien la de otros.

    Quisiera escribir sobre el día en que el lago amaneció rojo, sobre la bolsa que cambió la forma de hablar del primo angelito, sobre la ceguera de la abuela agustina, sobre las historias que solo el roque sabe, esas que le cuentan en la confidencia de la barra del bar.

    Escribo para soñar.

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