El pasado siempre está presente

Ayer impartí un taller a un kilómetro cuatrocientos metros de donde sucede la parte más importante de Todo es mentira. No me atreví a acercarme. Me bajé en la parada de tren de tantas veces cuando vivía en aquella casa. Y me deslicé en dirección contraria, hacia la librería Muga, donde intenté explicar cómo se convierte tu vida en una novela. No sé qué me habría encontrado en la calle Campiña, qué habría sentido al caminar otra vez por aquella acera, la parte de atrás donde habitaban los ornitorrincos. Hay heridas que nunca cicatrizan. Al menor roce, duelen.

página 182 de Todo es mentira (Trifolium, 2014)

“El pasado siempre está presente, dijo Maurice Maeterlinck, Ramos, tres niños jugando sobre la alfombra contra él, tu padre, como cachorros de león contra el Rey León. Una lucha desigual, salpicada de risas, de orejas enrojecidas. Su barriga, una curva redonda, tirante, sobre la que el ganador se sienta. Un golpe de riñón y al suelo. Otro round. Tres pequeños leones jugando sobre la alfombra, junto a la mesa baja de mármol con las patas de madera contra la que tu hermano se partió la barbilla, Ramos, un día que resbaló desabrochándose la chaqueta, no sé si mucho antes o mucho después de que tu madre dijese BASTA, sin signos de admiración, pero muy alto, y os cogiese a vosotros tres y a Chico, vuestro gato, y una máquina de coser…”

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