Leopoldo María Panero

Anoche estuvimos cenando con una pareja de amigos. Hablamos del pasado. Y en mi turno, les conté algunas anécdotas que no sabían (algunas están y otras no, en Todo es mentira). Incluso, de lo que hablamos, para que la ficción fuera mejor ficción, tuve que cambiar datos, situaciones. Todo es mentira es una novela, no un libro de memorias, aunque esté llena de recuerdos, la mayoría ciertos, muchos inventados, pero dicen por ahí que toda novela es una autobiografía.

Cuando les expliqué la trama del libro pareció gustarles, pero ellos no son los lectores de este país.
Y, además, me quieren.

Un poema que se enrosca a la vida
como la hiedra al árbol cortado
como la sílaba a la sílaba
como la sílaba hecha de herrumbre y de silencio
como la sílaba se enrosca al árbol cortado
diciendo nada al hombre
y al poema que se enrosca sobre el hombre.

“El hombre elefante”, Leopoldo María Panero

Este poema aparece en la novela. Muy posmoderno, sí, pero de la Segunda Guerra Mundial. Posmoderno de wikipedia. Todo es mentira juega con un montón de lecturas, y de películas, que al protagonista le sirven para argumentar sus teorías y para que la novela avance.

Este poema de L. M. Panero muestra la inutilidad del lenguaje, eso es lo que dice la Voz, en boca de uno de los mejores poetas del siglo XX en España, lo que le sirve a la Voz, el protagonista, para atacar a esa clase execrable y parásita: los poetas, que, por una cerveza, son capaces de leer en público.

(Cuando era adolescente, una forma de insultarme, era llamarme “poeta”. Este es un recuerdo verdadero que no sale en la novela y que os cuento ahora.
Y que no conté anoche.
Volvemos a la ficción.)

El ajuste de cuentas con estos tipos, los poetas, viene un poquito más adelante. Con la excusa Panero, la Voz hace una digresión sobre la inutilidad del arte, la Voz raja (esta novela, la mayoría del tiempo es eso: una gran rajada) contra los que no quieren complicarse la vida y parodia la propia estructura de Todo es mentira

complicarme la vida con películas profundas o series en versión original, libros enrevesados que parecen estar escritos con un bolígrafo de esos que tienen cuatro colores: rojo, azul, verde y negro.
Rojo para las digresiones, azul para las citas, verde para las intervenciones del autor y tinta negra para la historia en sí, una trama mínima escrita por un tipo ocioso que lo único que sabe hacer es poner una palabra detrás de otra y sólo por esto ya se cree capaz de argumentar pensamientos complejos con los que pretende complicarnos la vida, cuando nosotros lo que queremos es vivir y que nos dejen en paz.

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