#diario

Cuando yo era adolescente, hace un millón de años, ya estaba pasado de moda escribir cartas. Pero lo hice. Eran cartas de amor, incluso alguna llegué a entregarla (en mano). La destinataria no se dio por aludida. Luego, cuando me enamoré de la que hoy es mi esposa, le escribí un largo manuscrito, epistolar, titulado “Cartas para Laura”. Ni siquiera me atrevo a abrirlo (ahora). Quien sabe lo que puedo encontrar en aquellas páginas de rabia y pasión escritas a bordo del BIO Hespérides. En aquella época, en aquellos viajes, nacieron palabras como “Temise”, cuyo significado (e historia) sólo conocemos nosotros dos. En realidad, nunca envié a Laura aquellas cartas. Eran correos electrónicos que yo redactaba y corregía en las guardias nocturnas, cuando nadie me molestaba, en aquel barco que olía a mortadela y gasoil, el Hespérides, que tenía unos balcones (que seguro que no se llaman balcones, porque en los barcos las ventanas se llaman “ojos de buey” y los balcones, seguro, que tienen otro nombre por mucho que su única función, para mí, fuera refugiarme en ellos para contemplar la noche) desde donde yo pensaba aquellos correos, saboreaba la soledad (el océano es eso: una suma de soledades) y preparaba, a veces a mano, un primer borrador para aquel envío. Para ella. A mí me gustaba llamarlas cartas, pero no lo eran. O sí. Ahora lo pienso y esas son las cartas de mi tiempo. Como el WhatsApp podría ser el telegrama. Pero tampoco voy a darle más vueltas. Para eso están los señores importantes que escriben en los suplementos, cada vez más delgados, cada vez más panfletarios, cada vez menos leídos. Tampoco voy a reflexionar sobre cual es la causa y cual el efecto.
Hoy me he comprado 4 imanes rojos y la dependienta, mientras hablaba por teléfono, me ha querido cobrar 75 céntimos. Marca 70, le he dicho. Ha mirado el plástico, la etiqueta que había en el plástico, todavía con la otra persona hablándole por teléfono, y me ha pedido perdón: Sí, 70 céntimos, perdona, todavía con el teléfono y la otra persona al otro lado del teléfono. Le he dado el dinero y me he marchado con estas líneas en la cabeza, el sabor del segundo café y las palabras de los señores de mucho prestigio que escriben en los suplementos (anoréxicos) y se quejan de que hoy no se escriben cartas manuscritas y que toda la música que escuchamos es en MP3 (este era otro señor que escribía en otra página y reflexionaba sobre la figura del crítico musical en nuestros días). Ya era un antiguo, yo, cuando era adolescente, hoy sigo siéndolo; aunque mezcle palabra con música y haga vídeos que proyecto en espacios vacíos y pueden verse en internet. Y, aún así, siendo un antiguo, no estoy de acuerdo con ellos. Hay algún suplemento cultural (quizá por eso están en peligro de extinción) que no se queje (¿o acaso la función de los suplementos de todos los tiempos ha sido esa: quejarse para una minoría de leídos?) y redunde en lo buenos que éramos antes (ahora será antes mañana y entonces será mejor). OK, o como dice una amiga de Nueva York: anyway, de acuerdo, los correos electrónicos son fríos, más fríos que las cartas, pero, de verdad, ¿es ese el problema? A día de hoy sólo conozco un caso de relación epistolar. Señor del suplemento, que escribe en la primera página, todavía hay esperanza. Es cierto que no conozco a nadie más que escriba cartas, que nunca las haya escrito. Ni siquiera postales. Y, sin embargo, vivo en una sociedad adicta a enviar mensajes con vídeos (la mayoría estúpidos, cierto), con fotografías (eróticas, familiares, incluso algunas familiares eróticas) con una promiscuidad que, imagino, ya le gustaría al servicio de Correos (si pudiera meterle mano). Pero no. Las reglas del juego han cambiado incluso para estos dos amigos (son sólo amigos, tenemos que creerlo) que se aferran a escribirse cartas (a mano), introducirlas en un sobre, ponerles un sello e introducirlas en un buzón. Ella, garantizaré su anonimato, es una buena amiga (que será una grandísima escritora), él, otro gran amigo (que mañana será un director de orquesta). Pero ellos, que son más jóvenes, ahora mismo son más antiguos de lo que yo era. Y al verlos, tomarme una cerveza con ellos o leerles en ese enorme patio de vecinas cibernéticas que es Facebook (y al que guardo todo mi rencor; lo dicho: soy un antiguo) pienso que las reglas del juego han cambiado, pero ¿quien las ha cambiado? Nosotros las hemos cambiado. Hemos cambiado las reglas del juego, aunque todavía no sepamos cuales son. Y lo que deberían hacer estos señores que tanto se quejan es reconocer que están fuera de juego, retirarse de la jugada sin amagos dramáticos. Igual que ellos, había otros antes y la única diferencia es que, los que vienen después, buscan obtener el máximo provecho del estado actual de la cosa. Como hicieron ellos antes. Desafortunadamente, seguimos siendo igual de mediocres que cuando ellos ocuparon su trono (algo de responsabilidad tendrán nuestros ilustrados) y, encima, el pastel que nos dejan es mucho más pequeño (cada uno que busque, con honestidad, su ración de culpa). Así que dejen la silla vacía (no tardará en ser ocupada), pero no sufran: las charlas con altas dosis de nostalgia están muy bien remuneradas. Aunque, en este país (¿en este mundo?), todos lo sabemos, nadie (ni políticos, ni escritores, ni críticos…) abandona la silla voluntariamente. A excepción de Sallinger, J. D. Sallinger el escritor, y Pujol, el jugador del Barça. Pero me temo que ninguno de los dos son de este mundo. Eso lo cuento en otro artículo, que ya estoy llegando a los 1.000 caracteres. Sólo espero que no sea dentro de un año.

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2 comentarios sobre “#diario

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    1. AY! Sigo con mi diario, pero no tengo tiempo de revisarlo y publicarlo. Ya sabes que esto de la escritura precisa tiempo y reflexión. Muchas gracias por tu comentario!

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