#diario

Hace poco E estuvo en la ciudad. Cenamos con ella varios escritores, todos amigos de J, quien había organizado el Encuentro. E me sorprendió. Primero, durante el coloquio y luego, durante la cena. Lo confieso: no he leído sus libros. E ahora escribe otras cosas, pero tiene una colección de novelas juveniles que arrasaron a mediados de los 90 y que yo tenía que haber leído. A mediados de los 90, yo tenía 20 años, dos trabajos y estudiaba una carrera. Leía lo que podía. Además, nací y crecí en un barrio muy similar a donde se desarrolla la historia. Por eso soy reacio a leer este tipo de historias. Me jodería que cayese en el tópico. E no tendría por qué hacerlo, pero me ha pasado antes. Con algunas novelas y muchas veces con el cine, con propuestas de cine (con y sin denominación de origen) que acaban en el pastel, en el cartón piedra de unos personajes típicos tópicos a quienes les viene grande la palabra estereotipo (Cuando muera, abran el sobre rojo que hay en mi cajón, ahí encontraran un listado de todas estas obras).

Decía que E me cayó muy bien. Me pareció una mujer sencilla, reflexiva. Todos nos dedicamos a hablar y ella, desde el rincón donde se había instalado, con la espalda protegida por la pared, desde donde podía controlar todo el restaurante, contemporizaba la cena y nuestros comentarios. Me hubiese gustado escucharla más. Me quedo con la impresión de que E es una mujer inteligente y precavida.

La cena terminó pronto. Nos hicimos la foto en la entrada del restaurante. Nos despedimos. Nunca he visto a siete personas desaparecer tan rápido (quizá fue porque precisamente en la cena habíamos estado hablando de lo que tardamos en despedirnos los españoles). E, y la persona de la editorial que la acompañaba, se marcharon con X, escritor y contertulio, camino del hotel. Otro escritor, otro amigo, se puso el sombrero y desapareció calle abajo, camino del Paseo Marítimo. M desapareció a toda velocidad, y sin darme dos besos, en su Volkswagen Golf (que le ha usurpado a J, su marido) y yo me quedé sólo con J, el encargado de los Encuentros, también amigo. Y socio. No eran las 23:30. Creo que, de todas las cenas a las que me ha invitado J, esta fue la que terminó más temprano. Repito: todavía no eran las 23:30. Sí, de un lunes, pero tengo 38 años y mucha hambre (no literal), así que le propuse a J que nos tomásemos un gintonic. Tenemos muchas cosas pendientes, necesitamos sentarnos y organizarnos, le dije, pero en realidad era una excusa para beberme un gintonic en buena compañía, comentando la jugada. Claro que no hubiésemos adelantado nada de los proyectos que tenemos en mente. J dijo que no, que había tenido un día muy intenso y me detalló toda su actividad desde las 7:30 de la mañana que se había levantado. Se ofreció a llevarme a casa (en un monovolumen, no es importante lo sé, pero es un detalle que me inquieta: para mí J está ligado al Golf que ahora utiliza M, su esposa, en el que acababa de marcharse sin darme dos besos). Acepté y, de camino a casa, con las olas del Paseo rompiendo el negro de la bahía, me convenció: esta esta semana te llamo. Tomamos ese gintonic, esta semana, te lo prometo.

Me bajé y todavía me retrasé en abandonar la vista del mar. A Coruña se pone bonita cuando el mar está tan cabreado que suelta espuma por la boca (para el día siguiente habían anunciado temporal, lo hubo) y las luces titilan en millones de gotas, contra las fachadas del Paseo.

En un momento de la cena, E comentó los nombres de algunos autores y algunos títulos. Apunté que tenía que leerme Brooklyn, el autor no lo entendí bien, pero ha sido fácil encontrarlo en internet. Ahora no recuerdo por qué me decidí a anotar este título y no otro. Creo que fue porque dijo algo de un inmigrante, irlandés o algo así. No lo sé. E mencionó a Capote y otros nombres. Y yo pensé en lo que estaba haciendo allí. ¿Qué estaba haciendo allí? Un poco el Capote, Truman Capote, mirarles a todos y escribir esta crónica, pero desde el lado amable de Capote, porque E me cayó bien, muy bien y no me canso de decir que si te gusta un autor, es mejor no conocerle; si te cae bien un autor, es mejor no leerle. Cierto, lo leí en algún sitio. A un tipo muy importante. Como todo.

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4 comentarios sobre “#diario

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  1. Pensar mucho me provoca mala espina; para escribir uno no debe pensar demasiado, ¿sabes? Si vas a fluir debes fluir tan natural como cuando lo haces hablando. Cuando hablas vas con el tiempo justo ¿o no? Pues cuando hablas no piensas todo lo que podrías pensar acerca de lo que estás diciendo. Escribir no es escribir sino bajar una marcha respecto a cuando hablas. El resto te parecerá igual. A lo sumo una diferencia es que si dices hablando pues «se ha dicho» y si escribes es «ya veré».

  2. Me gustaba mucho la poesía de Andrés Matías, uno medianamente conocido en mi país, cuando le conocí he intercambiamos palabras y autores, se me quitaron las ganas de volver a leerlo a pesar de su amabilidad; se despidio de beso, dos besos.

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