Baricco (2 de 2)

Obras destacadas

Es muy difícil elegir. Me alivia pensar que si hacen caso de mis recomendaciones, acaben sumergidos en el universo Baricco, sin duda, merece la pena. Unos libros les gustarán más que otros, otros más que uno, Baricco cambia de registro según la historia que nos quiere narrar y cada historia tiene que ser distinta a su predecesora. Baricco no se repite, al menos, todavía. Podemos encontrar el monólogo de un pianista, la recreación de la Iliada y la Odisea, la iniciación de un grupo de jóvenes conservadores, el sinsentido de una venganza que es el único sentido de una vida, viajes por la ruta de la seda y hasta un océano mar. Las tramas de Baricco son tan variadas como su forma de atacarlas. La mayoría de ustedes conocerán Seda (Anagrama, ), un libro que se convirtió en un best-seller y va camino de un long-seller. Es el libro que menos me gustó de Baricco. Prefiero la sutileza de Océano mar, la salingeriana City (incluida su versión en CD con música de Air) o la rotundidad de Sin sangre. Y no puedo dejar de reírme con la lucidez próxima de sus ensayos, desde el más conocido, El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Siruela, 2003), al más breve, Next. Sobre la globalización y el mundo que viene (Anagrama, 2002).

Preguntarse si las cosas son ciertas antes de preguntarse qué pensamos sobre ellas es un ejercicio que suena incluso ingenuo, de tan pasado de moda como está. La verdad de los hechos ha sido obligada a retroceder hasta la misma función que la masa de carne desempeña en la hamburguesa americana: tendría que ser el corazón y el sentido de la misma, pero se ha convertido en poco más que una excusa insignificante; casi por completo carente de sabor, justifica sin embargo todo el resto (salsas, ingredientes y, por derivación, el rito mismo de esa forma de comer, infantil, con las manos). No hay nadie que se queje nunca de que la carne no esté buena. Por otra parte, nadie espera que esté buena. Nadie espera que la verdad de los hechos sea algo más que lo que suena verosímil, o, al menos, lo que suena bien.

Next. Alessandro Baricco. Traducción Xavier González Rovira. Anagrama, 2002.

¿Quién, hoy en día, puede detenerse para reflexionar? ¿Quién se para a preguntarse…? Lo que sea. Básicamente, eso es lo que hace Baricco en Next. Sobre la globalización y el mundo que viene. Como él mismo narra en el prólogo -“recogí todas esas ideas en cuatro largos artículos que publiqué en el periódico La Repubblica”- en este libro podemos encontrar el razonamiento de Baricco, muchas interrogantes y casi ninguna certeza. Entre las pocas certezas, una, desoladora: la globalización son los padres.

En el campo, la vieja granja de Mato Rujo permanecía a ciegas, esculpida en negro contra la luz de la tarde. La única mancha sobre el perfil desocupado de la llanura.

Los cuatro hombres llegaron en un viejo Mercedes. La carretera estaba excavada y era dificultosa -una carretera pobre de montaña-. Desde la granja, Manuel Roca los vio.

Se acercó a la ventana. Primero vio la columna de polvo levantándose sobre el perfil del maizal. Luego oyó el ruido del motor. Ya nadie tenía coche, en aquella zona. Manuel Roca lo sabía. Vio el Mercedes asomarse a lo lejos y después desaparecer tras una hilera de encinas. Luego ya no siguió mirando.

Regresó hacia la mesa y puso la mano sobre la cabeza de su hija. Levántate, le dijo. Sacó una llave del bolsillo, la dejó sobre la mesa y con la cabeza le hizo una seña al hijo. Deprisa, le dijo su hijo. Eran niños, dos niños.

En la encrucijada del torrente, el viejo Mercedes evitó la carretera de la granja y prosiguió hacia Álvarez, haciendo como que se alejaba. Los cuatro hombres viajaban en silencio. El que conducía llevaba una especie de uniforme. El otro hombre que se sentaba delante llevaba un traje de color blanco roto. Planchado. Fumaba un cigarrillo francés. Aminora, dijo.

Sin sangre. Alessandro Baricco. Traducción Xavier González Rovira. Anagrama, 2003.

 Así empieza Sin sangre (Anagrama, 2003), una de sus novelas más interesantes y que, de no ser por un gran amigo, lector voraz, me habría pasado desapercibida. Pero fue leer este arranque y querer más. ¿Por qué? ¿Por la historia, truculenta, que promete? No soy aficionado a este tipo de historias. Casi parece un western. Como en las grandes obras, fue el matrimonio entre fondo y forma, entre lo que cuenta y cómo se cuenta. En una segunda lectura, sin prestar atención a la trama, buscando los engranajes, podemos observar que los párrafos funcionan casi como planos cinematográficos, que nos suministran la información justa y necesaria para asirnos a la narración, precisa, rápida. Algo va a suceder. NO sabemos quién es Manuel Roca, sólo sabemos que tiene dos hijos (“Eran niños, dos niños”) y que vienen a por él.

Emaús (Anagrama, 2011) es su obra más reciente. En esta novela, que el propio autor ha confesado “algo autobiográfica”, Baricco narra la crisis de fe de cuatro adolescentes católicos, de nuevo, en un espacio y un tiempo indeterminado que podrían ser (o no) una ciudad del norte de Italia, a mediados de los setenta. Si hay algo que hace grande una obra es su carácter universal: esta novela podría suceder en cualquier otro espacio y tiempo, esta novela podría suceder también a cualquier creyente de otra religión o de ninguna porque la magia de contar historias es que personas que nunca estuvieron en una situación se sientan atrapados en el mismo dilema que los personajes de la narración.

Un día fuimos al puente, de noche, porque queríamos ver el agua negra –esa agua negra. Bobby, yo, el Santo y Luca, que es, de entre todos, mi mejor amigo. Fuimos allí en bicicleta. Queríamos ver lo que habían visto los ojos de Andre, por decirlo de algún modo. Y lo alto que era verdaderamente el aire, si se ponía uno a pensar en saltarlo. También flotaba la vaga idea de subirse de pie a la barandilla, o tal vez de dejarse balancear un poco hacia delante, sobre el vacío. Sujetándonos bien, en cualquier caso, porque todos somos chicos que llegan puntuales para la cena –nuestras familias creen en las costumbres y en los horarios. Así que hasta allí nos fuimos: pero el agua era tan negra que parecía densa y pesada –un cieno, un petróleo. Era horrible, y no había nada más que decir. Miramos abajo, apoyados en el hierro helado de la barandilla, mirando fijamente las gruesas venas de la corriente, y el negro sin fondo.

Si existía una fuerza que podía empujarle a uno a saltar, nosotros no la conocíamos. Estamos llenos de palabras cuyo verdadero significado no nos han enseñado, y una de ellas es la palabra dolor. Otra es la palabra muerte. No sabemos a qué se refieren, pero las utilizamos, y esto es un misterio.

Emaús. Alessandro Baricco. Traducción Xavier González Rovira. Anagrama, 2011

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