#diario

Las gafas de sol no pueden ocultar las sólo seis horas que he dormido este fin de semana. Seis horas quizás son demasiadas cuándo se quiere vivir punky y todos los bares cierran demasiado temprano y se hace duro caminar de uno a otro en el (gélido) asfalto.

Los parámetros típicos físicos no funcionan siempre, “Este vaso no tendría por qué caer si lo soltase”, dice G sentado en el interior de un pub del que no recuerdo el nombre, pero suéltalo cuando te hayas bebido la cerveza, no vaya a ser que sí se caiga y lo pongas todo perdido y la camarera rubia de balcón amplio, pienso, tenga que pasar la fregona y tengamos que seguir esperando que nos ponga la siguiente ronda la rubia que habla con acento del Este y tiene pechos enormes y piernas delgadas como una Barbie de esas que cuentas que le intercambiaron la caja de voz con un G.I. Joe y entonces los muñecos G.I. Joe decían “Odio las matemáticas”, pero en inglés (Math is hard!) y las muñecas Barbie: “La venganza es mía” (Vengeance is mine!). Yo nunca fui de Barbie; siempre he odiado ese modelo que quieren exportar los gringos y con el que nos han intoxicado hasta el punto de que buscamos esas formas cuando una mujer se desnuda delante  de nosotros y, lo que es peor, ellas quieren ser así. Y me jode que haya mujeres que quieran ser como una muñeca. Pero me hace gracia lo que cuenta G de los Yes Men y cuando llegue a casa pienso pasar un buen rato en su web.

“Para un extranjero es muy exótico volver a casa” canta Bunbury y yo me siento como en casa cuando subo al autobús porque dos yonquis se besan en el autobús y L me sonríe, por teléfono, me dice que han vuelto a perderle la radiografía, que es un error informático, pero yo le contesto que ya van tres veces y ahora, menos mal, no nos corría prisa.

Llueve, ¿y qué?

Estoy en casa.

Mientras voy en el autobús leo los blogs que nadie más lee (porque las noticias de cultura en papel siguen siendo la misma mierda mainstream) y sólo algunos pocos se atreven a ser sinceros: la verdad no vende. A Pereira le preguntó otro personaje (creo que fue su amigo el doctor, cuando fue a visitarlo al balneario, pero no voy a esperar a comprobarlo en el libro), a Pereira le preguntaron, y hablo de memoria, que cómo siendo periodista podía seguir creyendo en la opinión pública. Pereira era un pobre hombre que no tenía remedio. Tenían que matar a Rossi para que él salvara su alma. Y Pereira no creía en la reencarnación de la carne. Yo prefiero no pensar en ello. Quizá pase algo que me haga cambiar de idea. Quizá conozca alguien que me ilumine. En breve sale Charles Manson de la cárcel, creo.

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